Akademy-es 2012

De la serie: Correo ordinario

He participado este fin de semana -como espectador, obviamente- en la Akademy-es 2012, que ha tenido lugar en Zaragoza. Una experiencia muy, muy interesante, porque nunca había tenido ocasión de ver en su salsa a una comunidad linuxera tan extremadamente técnica como esta. En algunas intervenciones me costó mucho seguir el hilo, y de alguna que otra no pude pillar absolutamente nada. Hay que tener en cuenta que puedo estar más o menos familiarizado con la programación, pero una cosa es tener cuatro nociones y media elementalísimas y haber hecho años ha algún juguetito con BASIC y alguna idiotez con HTML (además de haber hecho cursillos de esos que no sirven para nada de entorno VM-IBM: REXX y COBOL) y otra muy distinta, y a años luz, los niveles estratosféricos a los que funcionan los desarrollos de esos tíos.

Y digo tíos no sin cierta intención porque, como es desgraciadamente costumbre y mor en los ámbitos tecnológicos de cierta altura y, desde luego, en las comunidades Linux, las mujeres brillan por su escasa presencia cuando no, como en este caso, por su total ausencia. Esto, de acuerdo con todas las formulaciones igualitarias que son de necesaria y obligatoria ideología políticamente correcta, no tiene explicación clara (más allá de vaguedades sobre roles en la educación y tal) y lo cierto es que la escasez de mujeres (cuando no llana ausencia) en ámbitos técnicos es tan proverbial como inaudita.

Akademy-es es el congreso anual de la comunidad hispana de desarrollo del escritorio KDE. Como casi todos sabréis, Linux no tiene, como Window$ un escritorio propio, sino que tiene varios posibles que se desarrollan independientemente del kernel y de las distribuciones. Los más caracterizados y clásicos son Gnome, tenido como estándar de la facilidad y amabilidad para con el usuario, y KDE, convencionalmente el más osado, el que transmite al usuario mayor dominio sobre el sistema. Bien, como todos los convencionalismos, tienen su parte de estricta verdad, su parte de exageración y su parte de leyenda. Y, por lo demás, existen -menos conocidos, pero en algunos casos, excelentes- muchísimos otros escritorios Linux. Sin embargo la importancia y el uso mayoritario -mejor expresado con la palabra masivo- de Gnome y de KDE son indudables.

Pero más que los detalles técnicos (básicamente ininteligibles para mí) sobre KDE y su desarrollo, me interesó conocer un poquito a esta comunidad y tratar de establecer sus dinámicas… cosa que, desgraciadamente, conseguí muy a medias. Muy a medias porque diagnosticar una comunidad en un sólo acontecimiento puntual y presencial es muy difícil: hay que estar en sus listas, seguir sus foros y hacerlo, además, durante un relativamente largo espacio de tiempo. Puedo decir, sí, que el foco nuclear de KDE España parece estar ubicado en Cataluña (obviamente, en Barcelona como punto principal) o, por lo menos, de Cataluña venían los que, en esta edición -no puedo hablar de otras- llevaron el peso de las jornadas. De todos modos, sí que llegué a entender un poco sus esquemas comunitarios, la filosofía que los sostiene y algunos de los problemas que les aquejan (por ejemplo, los cazatalentos que se llevan a los buenos desarrolladores a proyectos que no son de KDE) y algunas de sus soluciones como un networking empresarial diseñado específicamente para ese tipo de problemáticas, buscando en él la participación de la PYME.

Una de las intervenciones que más me gustó (supongo que porque fue una de las que entendí) fue la de Baltasar Ortega, un educador usuario de KDE que le puso tanta pasión a este escritorio que, realmente, inoculaba ganas de llegar a casa e instalárselo.

Yo empecé a utilizar Linux con Mandrake (hoy aún Mandriva y mañana ya veremos) simultaneándolo con Window$ 98 porque con el dichoso winmodem era dificilísimo conectarse a internet con Linux. Pero ya Mandrake lo utilizaba con KDE. Después, casi a la vez que el router y la banda ancha (versión estrechísima), llegó Càtix, un proyecto catalán de origen municipal, ya abandonado hoy (desgraciadamente), al que le faltó el canto de un duro para inclinarme por el Linux only. Càtix funcionaba exclusivamente con KDE, cosa que ya me iba bien porque estaba habituado a este escritorio en Mandriva; pero en una evolución de Càtix, no conseguí instalarla en mi ordenador. No comprendíamos qué ocurría, incluso me puse en contacto con Miravete, su desarrollador, y no dio con la solución. Estuvimos con este tema durante quizá un par de semanas, mensaje va y mensaje viene, además de varias conversaciones telefónicas en plan haz esto, haz lo otro. No puedo quejarme -ni muchísimo menos- de la calidad, asistencia y la disposición de los chicos de Miravete, pero al final me cansé de estar así tanto como de darles tanta brasa por un problema individual y fue entonces cuando derivé a LinEx, con la que ya pasé, entonces sí, al anhelado Linux only, que funcionaba con un Gnome maquillado con motivos extremeños. De ahí a Ubuntu y hasta hoy (con un breve paréntesis de Linux Mint que prefiero olvidar).

Pero me lo estoy planteando. La verdad es que KDE no era mal escritorio, pero, bueno, a no ser que fueras un superentendido capaz de trastear con lo más profundo de la madriguera del conejo linuxero sin causar un desastre total en el sistema, la verdad es que no aportaba gran cosa y Gnome era mucho más amigable. Pero este fin de semana me he dado cuenta de lo muchísimo que ha avanzado KDE, también en su usabilidad por usuarios comunes y corrientes, y, en cambio, ya hace tiempo que Ubuntu me trae muy encabronado con Unity. Que es verdad que no utilizo Unity para nada y manejo Ubuntu con Gnome 3, pero, ojo, tampoco es la séptima maravilla y hasta tiene detalles molestos, de modo que me pregunto si no tendré que volver a Gnome 2, porque cada día soporto menos la 3, y me contesto que, de todos modos, tampoco me voy a quedar en Gnome 2 para los restos. Así que, pese a la pereza de la migración y pese a tener que entrenar de nuevo a mis hijas venciendo previamente su resistencia, cosa que en la mayor veo muy crudo (ha salido a la madre), creo que está llegando la hora de hacer como el hijo pródigo y volver al KDE de mis orígenes linuxeros porque lo que he visto este fin de semana -no tanto en las charlas, que también, como en las máquinas que he visto allí- me ha dejado bastante convencido.

Voy a aguantar con Ubuntu y Gnome 3 hasta pasado el verano; dedicaré este tiempo a tratar de averiguar si Gnome está evolucionando hacia un punto más aceptable o sigue por esa línea que no me gusta nada y, si veo que la cosa no va bien, empezaré a pensar qué distro casa mejor con KDE y a ver si con la llegada de la fresca cambio también el vestuario linuxero.

Y por lo demás, qué voy a decir de una comunidad Linux: un entorno agradable, un simpático ambiente de camaradería y una actitud hacia los recién llegados francamente muy acogedora.

Unos estupendos y muy dignos cofrades de la orden de la camiseta negra ;-)

La canción del verano

De la serie: Me parto el culo

¿Os acordáis? Pues no sé por qué ;-) pero, según ruedan las cosas, me parece que va a volver a estar de moda:

Conclusiones provisionales

De la serie: Esto es lo que hay

El «El País» de hoy, aparece una crónica de Marta Fernández Maeso en la que expone una serie de conclusiones sobre lo que han sido estos cuatro días #12M15M. Y, aunque yo matizaría algunas cosas (y cada cual, supongo, matizaría las suyas propias), me parece, como resumen o, si se quiere, como documento de principio para un debate, un artículo interesante y globalmente acertado. Ese resumen, en su máxima expresión, vendría a ser: se van concretando propuestas, pero se pierde la complicidad de la ciudadanía.

Lo de la complicidad de la ciudadanía cabe matizarlo: complicidad en lo que es el procedimiento de elaboración: está claro que, a la mayoría, esto de las asambleas no nos gusta; y a muchos, tampoco nos acaba de ir la propia estética con que se externalizan los distintos ámbitos del invento, aunque esto último ya es más personal y menos importante, pero lo cierto es que me desagrada la impresión de ver a gente en plan happening como vi el lunes, cuando, por la tarde, me acerqué a la plaza Catalunya. Quizá proyecto mi propio cartesianismo también sobre las apariencias: me gusta el orden y el método y me disgusta -a veces hasta la impugnación misma- incluso la simple apariencia de desorden y de dejadez, aún a sabiendas -como sé en algunos casos, si bien en no todos- que no constituyen un reflejo de la realidad. Pero, repito, esto de las apariencias es personal, aunque no debiera dejar de considerarse que somos legión quienes pensamos así.

Sin embargo, la complicidad, ampliamente considerada, no se ha perdido: los ciudadanos seguimos respondiendo masivamente a las manifestaciones y las diferencias de cifras que hubiera podido haber entre el 12-M de 2012 y el 15-M de 2011 no pueden apreciarse sin una buena lupa.

Y, bueno, pienso que eso no es necesariamente malo: tampoco puede pretenderse la presencia constante de grandes masas. La gran masa es necesaria en ocasiones puntuales, para apoyar el trabajo del pequeño grupo, que es el que funciona (lo cual, por cierto, desmiente la bondad del procedimiento asambleario masivo). Nunca han sido las grandes masas las que han llevado adelante a la Humanidad sino pequeñas élites que han corrido con el esfuerzo y con el sacrificio. Si realmente esas élites son democráticas, es decir, lo son en su propio funcionamiento interno (ahí, sí, el petit comité sí puede ser, digamos, asambleario e igualitario) y se alimentan de la adhesión ciudadana, se está en el buen camino. Por eso, supongo, han funcionado inventos como el movimiento antidesahucios y, por eso, supongo también, con la autora del artículo de «El País», que surgirán más inventos que irán paulatinamente convirtiéndose en proyectos verdaderamente serios y plausibles. Los que apuntan ahora mismo, como la campaña Desmontando Mentiras, son muy prometedores. Ah, la campaña Desmontando Mentiras, bien organizada, puede ser devastadora para el sistema, porque cuenta con la gran herramienta de la Red y cuenta, en ella, con multitudes ansiosas por reproducir a toda la rosa de los vientos, en todos los idiomas, el yo no soy tonto, el yo no soy tonto de verdad, no el del anuncio creado precisamente para tontos. Creo que es por ahí por donde hay que llevar al ciudadano: al trabajo en [pequeño] grupo y recordemos que nadie defiende mejor una obra que su autor.

Pero, de todos modos, sigue estando pendiente -si se quiere mantener, aunque sea puntualmente, para dos o tres ocasiones al año- la formulación de grandes propuestas capaces de mover voluntades en masa. Lo decía aquí mismo hace dos días: con formulaciones nebulosas y generalizadoras, las grandes masas cívicas irán perdiendo razones para la adhesión. Hay que amalgamar correctamente la gran propuesta, la gran consigna que moviliza masas, con la pequeña propuesta, con la constelación de pequeños proyectos que movilizan multitud de pequeños grupos altamente operativos.

Me gusta mucho, también, la tendencia a la desobediencia civil, porque es, creo, la forma idónea de radicalizar el 15-M sin dejar paso a la violencia que he propugnado aquí varias veces. Lo único que ocurre -pero ya estarán en ello, supongo y espero- es que la desobediencia civil puede ser mediáticamente manipulada y hay que articular, en cada caso, de forma rápida e incisiva recursos mediáticos que contrarresten al sistema. Recordemos cómo la petardez gubernativa ha asociado la desobediencia civil con el extremismo político y con una suerte de quasiterrorismo: eso hay que atajarlo rápido porque si no se corta bien y a tiempo, puede llevar desazón sobre todo al sector de más edad de la ciudadanía, que todavía recuerda referencias muy macabras… Pero la desobediencia civil es un recurso al que le tienen terror y como muestra, el intento -que yo creo que consumarán, los muy bandidos- de incluir en el código penal las conductas de desobediencia civil o la rapidez en mover el culo -aunque no cabe esperar grandes resultados- ante la insumisión autopistera en Cataluña. Sin embargo, esa desobediencia civil no puede quedarse ahí, en hechos aislados más o menos concatenados, sino que hay que concretarla también: hay que terminar con esa paz social de muertos vivientes que nos están imponiendo a puro golpe de miedo, hay que incrustarle al enemigo la idea de que sólo hay paz social con seguridad social (y daos cuenta de que lo escribo con minúsculas) y, por tanto, hay que meterse en el mundo de la empresa y meterse con procedimientos propios, ya que los sindicatos están momificados y esclerotizados, cuando no vendidos al enemigo (del que cobran, que no se rasguen tanto las vestiduras). Quizá la infiltración empresa a empresa de un sindicalismo verdaderamente independiente a cargo de guerrillas de sindicalistas independientes… pero necesitarían un importante apoyo exterior o serían fácilmente barridos. En fin, es ir dándole vueltas…

Bien, este #12M15M ha demostrado en sus manifestaciones masivas que sigue contando con apoyo masivo de la ciudadanía y que el 15-M 2011 no fué un estallido aislado; el trancurso de este año 2012 habrá de demostrar la viabilidad política de una gran variedad de proyectos y que los proyectos de éxito, como los grupos antidesahucio, no son, a su vez, casuales, sino fruto del trabajo y de la adhesión cívica a otra escala.

De modo que tendremos que ir todos levantando el culo de la silla y ver en qué podemos aportar un granito de arena, ver en qué podemos ser más útiles e ir haciéndolo ya. Ya dije que el vamos despacio porque vamos lejos no me convence; no porque no sea un planteamiento sabio, sino porque ya no es posible: las cosas están muy mal y van a peor de forma uniformemente acelerada, y el ir despacio puede provocar que muchos, demasiados, se queden -o nos quedemos- por el camino. No es tolerable y hay que pisar el acelerador.

Por mi parte, me pongo a buscar y a imaginar, pero, mientras tanto, si alguien tiene una buena sugerencia -una sugerencia concreta, con lugar fecha y hora, nada de generalidades en plan haz esto o podrías hacer lo otro- no caerá en saco roto. Soy bastante proactivo para los proyectos a los que creo que realmente puedo aportar algo y todavía podría arañar, siquiera, dos o tres horas semanales de aquí al verano. Si la cosa promete, después podrían ser aún más (yo me programo los años por cursos, no por ciclos solares).

Pero creo que esa es la actitud que debiéramos asumir todos porque los malos son pocos y cobardes, pero tienen muchísimo poder, gran abundancia de mercenarios armados (armados de porras y fusiles, pero también, y sobre todo, de boletines oficiales) y poquísimos escrúpulos, apenas ninguno.

Y lo que no hagamos nosotros, nadie, nadie, va a hacerlo por nosotros.

Preferentes… a la cola

De la serie: Esto es lo que hay

Hace muchos, muchísimos años -yo aún no era funcionario y ni siquiera imaginaba llegar a serlo- tuve un cliente que llegó tal día al despacho llorando -poco le faltaba para que fuera más que un decir- porque se había pillado los dedos con los famosos seguros de prima única.

Los seguros de prima única, como podéis leer aquí, fueron un producto que la Caixa -entre otras entidades- vendió muy bien por su opacidad fiscal, hasta que la Agencia Tributaria se cabreó y pidió las listas de los poseedores; la Caixa se negó y recurrió todas las sentencias adversas sistemáticamente, hasta que la cosa llegó al Tribunal Supremo y este dio carpetazo sentenciando a favor de Hacienda. La Caixa, entonces, tuvo que entregar las listas con lo que los que constaban en ella quedaron con el culo al aire, culo que fue debidamente pateado por las delegaciones de Hacienda correspondientes.

El tal cliente me decía que la Caixa lo había estafado, que le dijo que esa inversión no pagaba impuestos. Y yo le contesté sobre el siguiente tenor: en primer lugar, la Caixa defendió hasta el último cartucho judicial el anonimato de sus clientes y más no pudo hacer; en segundo lugar, no me creo que en la Caixa le dijeran que esta inversión no estaba sometida a tributación, sino que le dirían, más o menos sibilinamente, que Hacienda no se iba a enterar de que usted tenía su pastita metida ahí, y usted quiso entender que eso estaba libre de impuestos; pero usted sabe, igual que yo, que en este país, Hacienda tiene parte en cada una de nuestras pesetitas y salvo la lotería, el oro de la Cruz Roja, la ONCE y muy pocas y excepcionalísimas cosas más, pesetita que uno gana, comisión al Fisco que te crió. Así que aire, muchacho, que San Joderse cayó en tal día.

Ahora tenemos el asuntillo este de las participaciones preferentes y a mí me huele a algo parecido. Entendámoslo bien: a algo parecido en lo referente a entender lo que a uno le gusta entender no a lo fraudulento de la cuestión. Lo de las participaciones preferentes no iba -o no me parece que fuera- de timar a la Agencia Tributaria, así que la cosa parece algo más honorable, desde el punto de vista del perjudicado.

Porque, harto ya de escuchar tanto llanto y tanto drama (probablemente justificado, ojo) con las famosas preferentes, me pongo a buscar, y como quien busca encuentra, pues yo encuentro esto. Advierto y llamo la atención, como cuestión incidental previa, que el post de «El Blog Salmón» al que enlazo lleva fecha de 3 de junio de 2009, o sea que está escrito a mucha distancia del conflicto, por lo que no es arte ni parte en el mismo. Y leyéndolo, me fijo en los siguientes detalles: primero, que se trata de algo parecido a unas acciones, pero sin derechos políticos, es decir, no otorgan voz y voto en junta general de accionistas (cosa que al inversor, visto el perfil general de los beneficiarios, le importa tres pimientos); segundo, fija una rentabilidad anual que debe ser importante dado que… tercero, son títulos que se venden muy mal en el mercado secundario, bastante por debajo de su valor nominal; cuarto, ojo al dato, que el pago de los intereses se condiciona a la obtención de beneficios por parte de la emisora o a que ésta no deba afrontar nuevas inversiones (por ejemplo, cepillarse los beneficios y las reservas para aprovisionar miles de toneladas de ladrillo putrefacto tirado en el sótano); y quinto, su vencimiento es indefinido, reservándose el emisor la potestad de cancelación (o no), lo que implica tener la sartén por el mango.

En fin, cualquiera que vea esto tal como lo cuento en el párrafo anterior, que no es más que un resumen de lo que explica «El Blog Salmón» (no hay pedagogía adicional de mi cosecha) y que a mí me ha costado unos treinta segundos encontrar, arrugará la nariz y se lo pensará mucho antes de meter sus ahorrillos en algo así. ¿Qué pasó entonces? ¿Son tontos los inversores ahora defraudados? Hombre, yo no diría tanto, pero un punto imprudentes sí que lo son.

Es un fenómeno muy curioso de este país: la gente está enamorada del director de la oficina bancaria con la que opera, como puede estarlo de su médico o de su abogado. Muchísima gente sencilla, de esa que no se fía ni de la báscula de la pescadera y que echa media mañana para seleccionar un cuarto de kilo de peras porque no confía en las que le va a poner la dueña de la frutería, cree a pies juntillas en el director de la sucursal, un tío que no trabaja en interés del cliente sino en interés de la empresa a la que sirve, intereses que no sólo no suelen ser coincidentes sino que prácticamente siempre son contrapuestos. Siendo así, a cualquier comercial bancario, sólidamente avalado por el director de la oficina, le resulta facilísimo venderle la moto al incauto. Total, nada que Enrique Rubio no se hubiera desgañitado advirtiendo en sus tiempos.

Ya oigo al comercial o al propio director: «Bueno, don Pablo, sí que aquí pone que si las cosas van torcidas, podría usted no cobrar. ¡Pero hombre! ¿Usted cree que a este banco (o caja) le van a ir nunca las cosas torcidas?» Y el otro, que ve las libretas a plazo remuneradas al tres y casi nada por ciento, piensa que, claro, cómo le van a ir las cosas mal al banco (o caja).

Aquí podéis leer esta misma explicación, pero en intelectual, que por algo la escribe un docto profesor universitario.

Esto, en conclusión, nos enseña varias cosas: la primera, que los derechos del consumidor están en este país muy por debajo de mínimos racionales, aunque esto ya lo sabíamos, como sabemos que, en realidad, no somos tales consumidores, sino simplemente siervos contribuyentes de unas compañías feudales que se han arrogado la potestad, adquirida corrompiendo políticos, de esquilmarnos por la cara, sin más contraprestación que una vulgar simulación de prestación de servicios o de venta de bienes, que constituyen una agencia tributaria privada, paralela y completamente mafiosa; la segunda, que, contra toda lógica, que nos dice que, siendo así las cosas, habríamos de ser unos consumidores especialmente puntillosos y desconfiados, sobre todo cuando lo que arriesgamos tiene mucho valor (el crematístico y, sobre todo, el hecho de que es casi todo el valor del que disponemos) vamos de listos y de estar de vuelta de todo, y así nos la pegan por habernos querido ahorrar los honorarios (nada módicos, pero sí muchísimo más baratos que la catástrofe final) de un buen asesor financiero (que los hay, y no son el director de la oficina bancaria de al lado de casa).

No, los de las preferentes no han sido unos listos carentes de vergüenza como los de la prima única, pero sí que han sido unos incautos de marca mayor. Y ojo, que soy consciente de que diciendo esto, lanzo al aire un escupitajo que me puede caer en la boca: sobre el riesgo de que le tomen a uno el tupé, más vale no arrojar la primera piedra. Pero es cierto que hemos de ser muchísimo más críticos y bastante más exigentes a la hora de soltar la pasta.

Que parece que nos la regalen. Y no. A la gente honrada, no.

Perdiendo presión

De la serie: Esto es lo que hay

Leía ayer dos artículos muy críticos con el 15-M, aunque no precisamente como para que los publicara «La Razón» o «ABC». Uno, es de Dani Bishop y carga de frente contra el 15-M por las mismas razones que yo he aducido ya algunas veces, aunque él lo hace en tono más duro que yo, que ya tiene mérito; el otro es de Gerard Horta en «Vilaweb» y, si bien efectúa un análisis de origen y fin independentista (CAT), también podría coincidir con algunos puntos de su análisis.

Coinciden los dos -los tres, si me añado yo- en que el 15-M ha entrado en pérdida (bueno, para Gerard nunca fue un instrumento eficaz, aunque en esto discrepo) y debe quedar claro que esta crítica, cuando menos en lo que se refiere a Dani y a mí, no implica ni hostilidad ni desprecio (en el caso de Gerard no esoy tan seguro) sino un análisis de un cierto recorrido.

El 15-M fue eficaz el año pasado. Pero eficaz ¿en qué términos? Pues básicamente en dos: en la escenificación de un cabreo cívico que, bien conocido por los políticos, pudieron permitirse hacer ver que no existía hasta que esa misma escenificación les obligó a enfrentar la realidad y una propuesta electoral que no fue entendida por la ciudadanía, en el sentido de que se proponía llevar la política española a una situación como la que actualmente vive Grecia y lo único que se consiguió fue un aumento de votos para partidos más que alternativos, principiantes (pienso en UPyD, ya ves qué alegría y qué éxito de alternativa), a beneficio sobre todo de la izquierda de la señorita Pepis, es decir, IU y todo su etcétera, de la que, por más que bailen, tampoco cabe esperar que, aún pudiendo, lleven las cosas al extremo necesario: más allá de un estético delenda est monarchia, a la hora de la verdad, aunque bordeen el límite del sistema, nunca salen de él. Yo no olvidaré nunca (porque es todo un símbolo de lo que, en definitiva, es y hace IU) la imagen de Llamazares votando a favor del canon digital en el Congreso, en diciembre de 2007, contra la enmienda anticanon que, propuesta por el senador Guillot, fue aceptada en el Senado.

En definitiva, el 15-M fue, en 2011, una estupenda sacudida a los cimientos del sistema, pero nada más que eso. Tampoco, realmente, se pretendía nada más: nadie quería revoluciones, nadie quería -ahí tiene razón Gerard Horta- cambios sustanciales en el sistema: incluso la proliferación de banderas republicanas respondía más a un sentimiento que a una propuesta en firme y en forma (igual que ahora, por otra parte y de momento).

A partir de ahí, el 15-M evolucionó en forma local y de barrio y asamblearia pero, en estas características, no puede hablarse de masividad del movimiento. Es cierto que, a su socaire, han aparecido grupos muy interesantes y muy activos que están haciendo un excelente trabajo, como la promoción de la ILP pro dación en pago (objetivo bien modesto, por otra parte, cuando lo que habría que hacer es revisar el sistema hipotecario de arriba a abajo) o los grupos de resistencia anti-desahucios, pero los resultados en este caso son limitados -precisamente por esa falta de masividad y porque, a la larga o a la corta, la inmensa mayoría de desahucios se acaba ejecutando, por desgracia- y porque la ILP será magnífica como un símbolo, pero todos sabemos que los políticos tendrán la desvergüenza de tumbarla en sede parlamentaria (recordemos que una ILP obliga a debatir su propuesta, pero no a aprobarla). No es una crítica negativa, ojo: es del género idiota acusar precisamente a los que luchan de que los que luchan son pocos (supongo que precisamente ellos serán los primeros en lamentarlo y, en todo caso, son los únicos que han hecho por evitarlo), es la constatación de una realidad que está ahí.

Este fin de semana, el 15-M ha vuelto a la calle y lo ha hecho con gran éxito numérico, pero yo lo he visto muy inercial: no ha habido propuestas concretas ni siquiera modestas y me refiero a propuestas que la gente haya asumido -aunque después no fuera consecuente con ellas- como la de No les votes del año pasado. Este año, No les votes no tenía sentido, porque no hay nada que votar, ni este año, ni el que viene, ni el otro y ese ha sido otro mal: el Gobierno ha puesto la cuestión en manos de sus gobernadores civiles con órdenes estrictas de no provocar demasiado, no fuera a suceder como en la plaza de Catalunya el año pasado o como en Valencia en este, y, por lo demás, se ha quedado tan ancho, sin hacer el menor comentario.

El sábado participé en la manifestación de Barcelona y lo hice casi por disciplina, por la misma razón que he ido a tantas manifestaciones contra la $GAE aún dudando de su resultado: para disfrutar del éxito o para paliar en lo posible el fracaso, según llegara a ser el caso; y, de cualquier modo, porque algo dentro de mí se rebela si me quedo en casa habiendo en marcha una convocatoria así. En este aspecto, sí que considero que Dani se hace un poco el estrecho: que tenga toda la razón en su crítica no debería poder justificar (ante uno mismo: a los demás, que les den por el saco) la ausencia de una movida así. Porque por más que, efectivamente, el 15-M esté perdiendo trapío, lo que no debería poder tolerar ningún ciudadano es su fracaso, porque eso sí que nos conduciría directamente al vertedero, y por la vía rápida. El sábado lo pasé mal, muy mal, en esa hora en la que creí -los hechos engañaban, pero no dejaban de ser hechos- que la convocatoria barcelonesa había pinchado.

Sin embargo, veremos cómo evoluciona esto porque, tal como denuncian los dos articulistas que han dado lugar a este post, me da la impresión de que el sistema está la mar de contento con el 15-M tal como se está desarrollando y, si esta impresión es cierta, esto no va bien.

He predicado en dos o tres ocasiones que habría que radicalizarlo, he llegado a hablar, incluso, de huelgas generales políticas (para no usar la temible expresión revolucionarias), pero no veo a la gente por la labor de tanto sacrificio, cuando es incapaz de los más sencillos, de sufrir simples molestias. Se siguen vendiendo billetes a puñados en las agencias de viajes (presenciales o virtuales), se sigue pendiente del fútbol como si en ello fuera la vida (ayer en Málaga -cuentan los que estaban- había más gente celebrando no sé qué del equipo local, no sé si se había salvado del descenso o había conseguido un puesto europeo o algo así, que participando en la movida del 15-M), sigue habiendo colas en los cines a 8 euros la entrada, y siguen llenándose compulsivamente los depósitos de gasolina en cuanto llega el fin de semana.

Alguien está sufriendo muy duramente la crisis, esto es indudable, pero no sé muy bien quién. Inmigrantes, desde luego; sectores obreros procedentes del ladrillo, con la entera familia comida por el paro, carne de cañón y víctimas de un paro que va a ser, a la larga, estructural, como un quiste con el que ya nos hemos acostumbrado a convivir y preferimos dejarlo tal cual antes que sufrir la molestia y el repelús de la cirugía. Pero el resto… Es bien cierto que todos hemos tenido que apretarnos el cinturón y que lo que antes era un copioso aperitivo ahora es una escasa cervecita con unas humildes aceitunas, pero la cervecita sigue ahí y mientras la cervecita siga ahí, la gente no está para leches.

Lo malo es que para cuando la gente esté para leches, ya será tarde, ya estaremos todos en la mismísima mierda. Seguimos haciendo como el avestruz, seguimos exclamando el ¡qué largo me lo fiais! ante los avisos, cada vez más frecuentes y más autorizados, de que se nos viene encima una hecatombe. A nosotros, a los españoles. Pero seguimos empeñados en imponer deseos frente a análisis: hemos decidido que esto no va a pasarnos a nosotros y ya está. Cuando nos pase, ya hablaremos. Sólo que, entonces, además de que ya no estaremos en condiciones de decir nada, ya sería tarde aunque gritásemos. La doctrina del shock parece haber sido diseñada pensando en los españoles.

¿Por qué somos tan cobardes y tan irresponsables?